Me convierto en mujer sin ella

Sin embargo, no pensar requiere pensar, y no prepararse requiere habilidades para la improvisación. Sí tengo cabello, así que debo pensar en lo que quiero hacer con él. Me pongo calcetines, zapatos y pantalones que me quedan mal, y deseo que mis pestañas fueran más largas y mis manos más pequeñas. Hablo con mis amigas sobre nuestros pechos y las pastillas anticonceptivas y la mala postura. Me pregunto cuándo se volverá sencillo todo eso.

Me imagino a mi madre practicando y perfeccionando su estilo. En la universidad, apuesto a que dejaba que sus ideas y sus opiniones hablaran por ella, levantando la mano en clase con la frecuencia suficiente como para que sus profesores recordaran su nombre. Me la imagino caminando a clase o al trabajo por Central Park, perfeccionando su andar, dando saltitos en el momento preciso con la postura adecuada, atrayendo miradas.

Si su madre, mi abuela, quería llevarla de compras a Ann Taylor o Eileen Fisher, quizá ella le decía que no, que estaba bien con su ropa de pana. Si su tía abuela Elsie le enviaba perfume por su cumpleaños, quizá se pondría un poco para después decidir usarlo de manera regular porque huele bien, aunque fuera un poco el aroma de una señora mayor, de la misma manera en que yo a veces me pongo la fragancia de mi tía abuela Joyce en las muñecas porque huele bien aunque también huela a mujer mayor.

Sé (porque la gente me lo ha dicho) que solía escuchar a los Rolling Stones en vinilo. Apuesto a que escuchaba el gemir de Keith Richards en “Memory Motel”: She got a mind of her own and she use it well. Mighty fine, ’cuz she’s one of a kind.

Apuesto a que sus amigas pensaban en ella cuando escuchaban esas palabras. Era muy buena, única. Con el tiempo, también intento verme a mí misma en las palabras de Keith.

Cuando Ruth Bader Ginsburg murió, mis amigas y yo estábamos seguras de que Roe versus Wade no duraría. Prefiriendo uno o dos días de calambres a la posibilidad de un hijo, llamé a los consultorios de los médicos con el fin de reservar una cita para un DIU. Mi compañera de apartamento me acompañó y nos dirigimos al médico bajo la lluvia, compartiendo auriculares y con el agua inundando nuestros zapatos.

“No puede entrar con usted”, dijo la enfermera.

Entré en la habitación y me tumbé en la mesa. Una luz fluorescente golpeaba mientras el médico hablaba. Apreté mi propia mano, levanté el cuello, con los ojos muy abiertos, y me di cuenta de que nunca me había sentido más mujer ni más necesitada de mi madre.

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